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La fuerza de un reencuentro

 

Junio de 2010

La fuerza de un reencuentro

Toda familia tiene una historia que le es propia. Una historia que se remonta al origen cuando la pareja se unió para fundarla y que incluye a su vez a los orígenes de cada uno de quienes la fundaron. En muchos casos los estilos problemáticos familiares de relacionarse y vincularse vienen condicionados no solo por sus orígenes recientes sino también por su historia inclusive de varias generaciones atrás. Y así mismo, esos vínculos familiares matizados por situaciones o vivencias problemáticas (culpas, reclamos, sacrificios, sustituciones) hacen que la vida particular de cada miembro se desarrolle como atada a un curso que no necesariamente le es propio, en un intento fallido de solucionar aquello que perturba la salud psicológica propia y de la familia.

Hay entonces hijos que reemplazan a la madre o al padre, así aquellos estén o no estén necesariamente ausentes; hermanos menores que desplazan al mayor; alianzas que fragmentan a la familia en equipos que se oponen unos a otros; miembros excluidos; miembros que se quieren ir y entonces se van lejos, poco se hablan con la familia, sin que por eso logren lo que buscan; personas que se sacrifican enfermándose, o abandonando su propia posibilidad de realizarse personal, profesionalmente. Todo por una dinámica velada de relación que intenta solucionar problemas del pasado o restablecer el equilibrio perdido por una situación dolorosa.

En una constelación familiar, los vínculos que se dan con estas y otras características, comienzan a diluirse. Para reordenar a la familia y situar a sus miembros de tal forma que sigan su propio camino y desarrollo, la constelación impulsa a decir lo que no se ha dicho y lo que no se dice, y le sube el volumen al problema oculto, a las palabras y mensajes silenciados. Una vez develada la forma en que los vínculos están presentes en el sistema, y que se descubre el problema, la constelación propone a la familia una reorganización y una nueva forma de vínculo, de encuentro entre miembros, que facilita que cada uno en su individualidad pueda ser ella/él mismo con su propio camino y destino, y a la vez pertenecer a su sistema reconociendo y nutriendo desde lo sano a sus propias raíces.

Así entonces la constelación y lo que de ella se deriva, es la fuerza de un reencuentro, de un volverse a mirar a los ojos limpiamente, reconocer la cara de papá a la que veía borrosa por rencor o arrogancia. Ver la grandeza de mamá como custodia de la vida. Encontrase con que ellos son de carne y hueso, y cualquier error es tan aceptable como los gestos amorosos. Entre los hermanos es dar el lugar que corresponde según el origen compartido, sin más interés que acompañarse tanto como honrar el camino propio, y entre los padres es revivir el vínculo amoroso, la intimidad, la lealtad de acompañarse o la elegancia de decir: así no más.

Finalmente, el poder terapéutico de una constelación bien orientada desborda cualquier tendencia de mantener presentes los síntomas, las dificultades, y corta los legados problemáticos resolviéndolos allí donde estos sucedieron. En mucho, las constelaciones son una apertura a la libertad y a la felicidad, con el valor de que dicha apertura también puede ser un legado a las generaciones venideras.

 

Iván Ramírez Calderón