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"...Quedarme quieta me cuesta..."

Desde que me acuerdo, siempre he estado de afán.

Nací seis semanas antes, boté el chupo a los seis meses, caminé a los ocho... Al año hablaba como un loro y a los tres era tan "madura" que mis papás me exhibían como atracción de circo.

Además de las ganas de experimentar y de tragarme el mundo, creo que esa precocidad se debe en gran medida, a un impulso de huída que me mueve siempre hacia delante.

Así como hay quienes en situaciones de miedo corren hacia el frente, yo soy de las que, cuando su corazón está en peligro, se botan al vacío sin paracaídas. Mejor dicho, soy contrafóbica emocional.

Como todo lo que sube tiene que bajar, el regreso del péndulo generalmente me lleva al otro extremo, es decir, la retirada, la huída en la dirección opuesta.

Mi camino en búsqueda de la ecuanimidad pasa necesariamente por aprender a quedarme en la mitad del péndulo, oscilando suavemente, en lugar de lanzarme en picada hacia delante o esconderme en mi cueva.

Quedarme quieta me cuesta. Confieso que la paciencia no es una de mis virtudes, y que en mi caso, ante la duda, siempre actúo. Esperar me hace sentir que no controlo lo que está sucediendo, y eso me produce ansiedad, hace que me tiemblen las piernas y que la adrenalina empiece a circular por mi cuerpo. Esta inquietud me empuja, y yo me dejo llevar. El problema es que en este movimiento, pierdo mi centro, y me pierdo. Todo pasa tan rápido, que no sé si soy yo o es el otro, mis límites se diluyen, me fundo y me confundo.
Cuando me doy cuenta de que estoy perdida, uso toda mi fuerza y me retiro a mil kilómetros de distancia, otra vez, a toda velocidad. Me siento herida, refundida, revolcada, y huyo despavorida a refugiarme en mi caverna. Me desconecto del mundo, me aíslo, me escondo mientras me lamo las heridas.

La definición de locura es hacer siempre lo mismo, y esperar un resultado diferente. Así que de tanto darme contra las paredes, por fin estoy aprendiendo a quedarme en la mitad, en el "entre-mundos", ese espacio ambiguo y fértil, donde soy y al mismo tiempo estoy.

Ese espacio me ha dado siempre mucho miedo. Cuando me quedo ahí, silenciosa, sin moverme, siento que me asomo a un abismo infinito, que me atrae y asusta a la vez. Pero en mi propósito de no hacer siempre lo mismo, me he permitido quedarme ahí, cada vez un poquito más.

Lo que he ido descubriendo es que en ese resquicio sutil vive mi Ser, y que si tengo la paciencia suficiente y logro amarrarme las piernas, morderme la lengua, respirar y esperar, entonces, suavemente, como la bruma en una mañana húmeda, el vacío comienza a llenarse de algo, que no viene de afuera sino de las profundidades insondables de mi propio Ser.

Hace unos días estaba en una de esas situaciones en las que siento que el impulso me posee y me atropella, y en medio de la tormenta, pude ir adentro, recogerme, y sentirme, y en esa pausa, en ese silencio, entendí la frase de Jung: La neurosis es la disociación de uno mismo. Comprendí que mis diferentes partes andan como locas, cada una por su lado; mi cuerpo y mi sexualidad van en cohete, mi mente va en avión, mi corazón en carro y mi alma en mula.

En mi impulsividad, generalmente trato de que los cuatro se suban al cohete, pero por lo general el corazón se queda colgando en el aire y el alma ni siquiera se alcanza a montar.

En la espera y el silencio, mis voces más lentas, más profundas, tienen la posibilidad de hacerse oír, de apurar un poco el paso para así poder alcanzar a las otras, más jóvenes y briosas.

En la espera y el silencio, me asocio conmigo misma, mis partes se alinean, y entonces, por fin, SOY.

Alejandra Quintero