Sobre un viaje espiritual
"[...] que no necesito pintarte con palabras escogidas." Dante, Canto séptimo de la divina Comedia
La expuslsión de la Utopía
maese,
Recibe estas cartas a ti dirigidas con todo mi amor y respeto. Te escribo hoy porque ha venido a mi memoria nuestro encuentro de años atrás. Espero que con la lectura de estas cartas tanto tú como yo renovemos nuestra historia en la tierra, de la misma manera como lo hizo Dante y sus condenados en el viaje por el infierno.
Conocí en la Utopía la eterna nostalgia en cada una de las caras que vi y la necesidad de recrear el paraíso perdido en la propia vida sin lograrlo jamás; siempre un paso atrás de nosotros mismos y un paso al frente de otro. ¿Cómo ser feliz mientras los niños comen en silencio? ¿En ese lugar que no se encuentra en ninguna parte?1 ¿Cómo, maese, ser feliz sin creer en sus religiones, más amiga de un árbol o un perro -como Orlando- que de otro utópico?
¿Cómo ser diferente?
Siempre desordenada, rebelde, insatisfecha con la eterna repetición de la rutina; aburrida y la triste en las comidas familiares, amiga de los esclavos, negándome desde un principio a servirle a los hombres. ¿Cómo entonces ser feliz? ¿Cómo..? Era sólo cuestión de tiempo que me reprendieran por andar a la deriva sin permiso, por contradecir las reglas ciudadanas y no querer ir al campo para cultivarlo sino para observar la vida natural en su máximo esplendor. Era sólo cuestión de tiempo que me negaran el derecho a vivir allí. Era sólo cuestión de tiempo que partiera.
Y así, luego de mi primer encuentro fortuito y azaroso contigo me fui de allí. Nada me unía a la luna nueva, excepto la convicción interna que me hacía creer que llegaría a mi eutopía.2
¡Qué más libertad del espíritu que andar por el mundo sin leyes, sin deber-seres! Me metieron en un barco y me despidieron con la mirada triste e impropia del utópico -como si fuera un alma perdida en un mundo de sal. Mi madre, al despedirme me abrazó "como si sintiera auténtica compasión y piedad por la sangre humana". 3
¡Tanta perfección en una especie imperfecta, tanto ocultamiento de los propios defectos! -pienso con frecuencia que ha de volverlos robóticamente inhumanos... ¿De qué vive el hombre si no es de sus errores? ¿A qué cantarle si no a la tristeza de la luna sola en el cielo oscuro? ¿Cómo aprender sin tener ninguna oportunidad de vicio o maldad? La malicia es humana y si no que le pregunten a los utópicos que cuidaban los esclavos. ¿Cómo no sentir compasión por ellos?
Y ya me pregunté yo muchas veces, maese, cómo me era posible sentirme insatisfecha dentro de tanto bien, comparándome con aquella historia famosa entre los utópicos tanto a mí repetida cuando expresaba mi desasosiego: "¿Por qué no puedes disfrutar igual al contemplar una piedra falsa si tu ojo no puede distinguirla de una auténtica? Ambas deberían tener el mismo valor para ti que para un ciego"4 . Y yo les respondía también con una frase suya: "¿Quién está más deseoso de nuevos cambios y alteraciones que aquellos que no están contentos con el estado actual de sus vidas?"5
Yo no era una mujer para servirle a los hombres, yo no era una mujer para sentarme siempre a su lado, yo no era mujer para cocinar y servir platos, para ser la esposa de alguien. Por eso creo que fue un alivio para mi padre verme partir, pues sus últimas palabras fueron más de recriminación que de despedida: "no es posible que todas las cosas estén bien a menos de que todos los hombres sean buenos".6
Sin embargo, buena o no mi espíritu gozaba de la mayor libertad que jamás había tenido. Mi idea de progresar, de que había algo mejor allá afuera de lo que existía en Utopía desdibujaba la perfección social que la isla se jactaba de tener. Ese mismo espíritu mío no podía vivir siempre en función de los valores imperantes de la sociedad; que aunque estable y buena, nunca me hizo feliz. Había una diferencia en mí que me hacía ruido en su eterna melodía, un rayón que no me permitía encajar del todo en sus colores -una cura.
Fue ahí, o un poco antes, maese, cuando te conocí a ti y empecé a conocerme a mí misma, pues sin perder tiempo emprendí mi búsqueda; el camino es largo, maese, y la despedida dura.
Así, del "un poco más allá, donde todas las cosas empiezan poco a poco a hacerse agradables. El aire, suave, templado y dulce. El suelo se cubre de verde hierba. Los animales son menos feroces"7 sólo quedaba yo, embarcada hacia un horizonte cada vez más incierto.
Hubo, entonces, que inventar...
La peregrinación, el desierto y la comprensión
maese,
¿Recuerdas aquel libro que me prestaste para que entendiera que la locura nos cura?8 Miedo en mí cuando me dijiste, robándole las palabras a Dante: "a la mitad del viaje de nuestra vida"9 y mezclándolas con las tuyas continuaste para responderme lo que yo te pedía que me contaras "pasamos por un infierno y un purgatorio en el que aquél nos hace vivir los pecados, y éste nos hace concientes del sufrimiento que nos causan".
Luego, me invitaste a caminar contigo, guardando siempre una distancia para que diera mis propios pasos.
Todavía conservo fresca en la memoria nuestro reencuentro en el puerto de Kusadasi, donde mi barco había ido a parar. Con los ojos rojos y un poco encorvado mirabas los estantes de aquella tienda de chucherías. Allí nos encontramos entre las callejuelas del mercado turco. Fascinada con los colores y el desorden de aquella gente que gritaba y balbuceaba en un idioma que no era el mío, te reconocí.
Nos tocó inventar de nuevo un lenguaje para comunicarnos mientras poco a poco aprendí el tuyo y tú el mío, porque ahí, en aquella tienda de la que tan bien recuerdo el aroma, comprendimos.
Una y otra vez aparecían en mi mente alusiones a la locura de Erasmo de Rótterdam, así como palabras de Dante cuando caminó por los infiernos. Supe, ahí, que no sería fácil el camino...
Me contagiaste poco a poco de la locura que vive el día sin pensar mucho en el mañana, del humor como herramienta preciada del alma para aceptar sus propios errores, de los seres sabios que confiaron en aquellas "lenguas y ciencias que nunca aprendieron, y de las que llevan en sí algo de divino".10
Sí, poco a poco tu locura se hizo la mía, su reflejo, diciéndonos a los ojos sin pena: "-Si yo fuera un espejo, no verías en mí tu imagen tan pronto reflejada como veo en tu interior".11
Sabía que estaba entrando al infierno por su misma puerta, pero en ti confío, maese, y en todo lo que me había arrastrado hasta allí. A veces, Dante aparece en mi cabeza: "¡Oh, vosotros, los que entráis, abandonad toda esperanza!"12 Pero entonces tú te volteas hacia mí con una sonrisa de padre y con una mirada me respondes: "-Pronto vendrá de arriba lo que espero, y pronto también es preciso que descubran tus ojos lo que tu pensamiento no ve con seguridad."13
maese, tu compañía serena me ayuda a recibir el don de la vida...
No ha pasado un solo día sin que vea mi cara reflejada en los cristales que quedan en el camino a medida que lo recorro. No tengo memoria, pero recuerdo mi voz -porque la oigo. El desierto es hermético, no me cuenta sus secretos a pesar de que los intuyo; el desierto es inasible, como los colibríes del jardín que nos sentábamos juntos a contemplar en el puerto.
Sin embargo, estoy mejor ahora.
La Utopía es sólo una sombra en el pasado que ya casi no recuerdo, excepto por la idea fija de no volver jamás. Purgando mis pecados, secándolos en el árido aire desértico viajo a tu lado.
¿Has pensado alguna vez, maese, que vivimos en nosotros mismos lo que viven las ciudades, las grandes civilizaciones y, finalmente, cada uno de los individuos que las componen?
Lo pienso al ver mis huellas en la arena, borrándose con el viento de paso. Se me ocurre cuando vuelve a mí aquel desasosiego que me llevó a huir de la Utopía. Lo pienso al ver qué tan fácil caigo ante las tentaciones, qué tan claros han estado en mí siempre los pecados de los que hablas y al recordar las historias que oigo de tus labios.
El orgullo, deformando mi cara soberbia ante el difícil viaje -el orgullo monstruoso que me lleva a la soledad y al miedo; altiva vanidad, ¡falsa! al no poder ser lo que no soy.
La gula -mi gula existencial al querer experimentar todo, así no le provoque a mi siempre sincero cuerpo; tentando mis límites en sus más débiles costados.
Mi cara, roja de ira y de sol, enloquecida por la rabia, volcada sobre mí misma.
Mi envidia frente a tu tranquilidad, tu sosiego, tu paciencia y tu sabiduría - ¡cómo te he envidiado, maese, en las noches oscuras en que no me dejan dormir! ¡Cómo he anhelado tu compañía, infiel a tus enseñanzas! Avara, avara de ti, avara hasta del aire que respiro y que no es mío.
Lujuriosa, insensible, excesiva; confluente...
Pero el desierto no tiene compasión, así como el Purgatorio no tiene excepción: ¡Y cómo me cuesta caer una y otra vez! ¡Cómo me cuesta reconocer y aprender de mis errores! ¡Cómo me cuesta permanecer a tu lado con la cabeza gacha, maese! ¡Cómo...!
A veces, ¡soy una eterna contradicción, un diálogo continuo como el que describió aquel poeta cuando no oía su propia voz detrás de sus ideas!14
Siempre pensé la vida plana, llana y pobre. Yo estaba ahí, pero jamás me sentí ahí. No logro recordar una sola cosa auténtica de la Utopía, una sola que haya sentido verdadera. En la perfecta incómoda repetición en la que me encontraba, era mi eterna tristeza. Ahora el desierto duele mi piel, la hace quemar bajo el sol -me arde los ojos. Sin embargo, el norte indeleble de alma abierta marcado en mi frente me recuerda: voy contigo hacia mí.
Yo la triste, yo la incontenta, yo la ausente, yo la lagrimera, la reprimida; yo la buscadora, yo la mujer, yo la viva; yo contigo, maese, yo ahora, yo afuera, yo adentro, yo que cambio, yo que me transformo, yo que viajo y llego lentamente.
Los movimientos del alma son lentos, me dijiste un día,... me ha tomado toda mi vida llegar hasta aquí pero llego finalmente, lentamente... mi eutopos al otro lado del desierto.
maese, confío en que llegaré contigo, algún día, algún día... y me sentaré como siempre me siento a tu lado -con el profundo respeto y amor que te tengo, maese.
Del reencuentro y la locura
maese,
A mi memoria la locura. A mi memoria tus palabras en las que me reconozco. Aquí, ahora, nos reencontramos: "advertid qué solícitos cuidados ha puesto la madre Naturaleza, creadora del género humano, con el fin de que en nada falte el aderezo de la estulticia".15
De muy lejos he venido hoy para darte estas cartas sobre lo que llevamos de nuestro viaje juntos, de todos estos días en que viendo amaneceres sobre las dunas pienso que hay un lado que brilla: "el exterior de ellos es la imagen de la muerte, y el interior, la imagen de la vida".16
Por cada pecado aprenderé una virtud, para mí y para otros.
Me he reencuentro finalmente, después de todos estos años, con la vida y la aceptación de la locura - con la diferencia.
maese, no puedo pensar sino en ti al recordar a Chirón, quien pudiendo sentarse entre los inmortales prefirió aceptar su propia mortalidad.17
Siento un profundo agradecimiento cuando me doy cuenta que comparto mi camino contigo, que camino detrás de ti y aprendo de los cristales del desierto: figuras, ilusiones, realidades, reflejos, consentimientos, empatías, encuentros.
"Lo verdaderamente digno de compasión es no engañarse nunca"18 , la locura me enseña eso. Es la historia cíclica, las enseñanzas del pasado lo que ahora integro en mí sabiendo que no conozco las respuestas, que el camino es aún engañoso y los errores son muchos. La locura sólo lo hace más llevadero, más sincero y más real. Intuitivamente, casi ciega, me acerco...sin saberlo... muy cerca.
maese, Hay que estar loco para vivir en el mundo y "el espíritu humano está hecho de tal suerte, que le es más accesible la ficción que la verdad.19
Catalina Correa
Citas: 1 Puesto que "topos significa en griego "lugar" y u es una forma negativa; así, utopía designaría, por tanto, "aquello que no se encuentra en ninguna parte". MORO, Tomás. Utopía. Bogotá: Panamericana Editorial, 2001. 2 "eutopía, que es "el lugar donde uno está realmente en su lugar. El lugar en el cual uno se siente a gusto", con lo que señala un aspecto central del pensamiento utópico: el deseo de lo inasequible e ilimitado [...]" (Moro, 2001, pg 12). 3 (Moro, 2001, pg 63) 4 (Moro, 2001, pg 116) 5 (Moro, 2001, pg 65) 6 (Moro, 2001, pg 69) 7 (Moro, 2001, pg 33) Las cursivas son mías. 8 Me refiero a un libro de Guillermo Borja llamado "la Locura lo cura". 9 ALIGHIERI, Dante. Divina Comedia. Bogotá: Editorial Sol 90, 2000. 10 DE ROTTERDAM, Erasmo. Elogio de la Estulticia. Bogotá: Panamericana Editorial, 1997. 11 (Dante, 2000, pg 95) 12 (Dante, 2000, pg 15) 13 (Dante, 2000, pg 69) 14 Me refiero al poema de Pessoa en "El paso de las horas II. 15 (Erasmo de R., 2001, pg 39) 16 (Erasmo de R., 2001, pg 60). 17 (Erasmo de R., 2001, pg 67) 18 (Erasmo de R., 2001, pg 103) 19 (Erasmo de R., 2001, pg 104)
Bibliografía:
• MORO, Tomás. Utopía. Bogotá: Panamericana Editorial, 2001. • ALIGHIERI, Dante. Divina Comedia. Bogotá: Editorial Sol 90, 2000. • DE ROTTERDAM, Erasmo. Elogio de la Estulticia. Bogotá: Panamericana Editorial, 1997.
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